Durante décadas, la falta de inversión dejó a la zona en un limbo. No hubo un plan sostenido de conservación, ni obras de puesta en valor, ni políticas claras de cuidado. El resultado está a la vista: espacios que alguna vez fueron emblema hoy representan un riesgo y un deterioro constante del entorno.
En este contexto, el debate sobre el futuro de la ciudad y de la costa vuelve a aparecer. La palabra “privatización” genera rechazo inmediato, pero también abre una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué pasa si no llega ninguna inversión? Tal vez el verdadero problema no sea público versus privado, sino abandono versus responsabilidad.
Con reglas claras, acceso garantizado y control comunitario, algunos modelos de inversión podrían evitar que Chapadmalal siga degradándose en silencio. No se trata de resignar identidad ni de cerrar espacios, sino de hacerse cargo de su cuidado y de su seguridad.
La tranquilidad de Chapadmalal es, paradójicamente, lo que hoy la vuelve cada vez más buscada. Vecinos históricos conviven con nuevas familias que llegan escapando del ritmo de Mar del Plata, buscando silencio, paisaje y otra forma de habitar el territorio.
Pero el crecimiento sin planificación también tiene costos: infraestructura que no acompaña, espacios públicos deteriorados y riesgos que empiezan a aparecer donde antes había calma. Caminar, circular o simplemente disfrutar del lugar ya no es lo mismo cuando el abandono se vuelve cotidiano.
El desafío no parece ser evitar toda inversión, sino pensar qué tipo de inversión puede convivir con este estilo de vida. Una que cuide el patrimonio, respete el entorno y no transforme a Chapadmalal en aquello de lo que muchos vinieron a alejarse. Porque seguir esperando, hoy, ya no es una opción.
Chapadmalal vuelve a estar en agenda, pero no por buenas razones. Edificios históricos deteriorados, estructuras sin mantenimiento y accidentes recientes exponen una realidad que vecinos y visitantes vienen señalando desde hace años: el abandono también es una forma de violencia.
Durante décadas, la falta de inversión dejó a la zona en un limbo. No hubo un plan sostenido de conservación, ni obras de puesta en valor, ni políticas claras de cuidado. El resultado está a la vista: espacios que alguna vez fueron emblema hoy representan un riesgo y un deterioro constante del entorno.
En este contexto, el debate sobre el futuro de la ciudad y de la costa vuelve a aparecer. La palabra “privatización” genera rechazo inmediato, pero también abre una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué pasa si no llega ninguna inversión? Tal vez el verdadero problema no sea público versus privado, sino abandono versus responsabilidad.
Con reglas claras, acceso garantizado y control comunitario, algunos modelos de inversión podrían evitar que Chapadmalal siga degradándose en silencio. No se trata de resignar identidad ni de cerrar espacios, sino de hacerse cargo de su cuidado y de su seguridad.
La tranquilidad de Chapadmalal es, paradójicamente, lo que hoy la vuelve cada vez más buscada. Vecinos históricos conviven con nuevas familias que llegan escapando del ritmo de Mar del Plata, buscando silencio, paisaje y otra forma de habitar el territorio.
Pero el crecimiento sin planificación también tiene costos: infraestructura que no acompaña, espacios públicos deteriorados y riesgos que empiezan a aparecer donde antes había calma. Caminar, circular o simplemente disfrutar del lugar ya no es lo mismo cuando el abandono se vuelve cotidiano.
El desafío no parece ser evitar toda inversión, sino pensar qué tipo de inversión puede convivir con este estilo de vida. Una que cuide el patrimonio, respete el entorno y no transforme a Chapadmalal en aquello de lo que muchos vinieron a alejarse. Porque seguir esperando, hoy, ya no es una opción.


